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Descripción de la experiencia:

Circunstancias:

Tenía unos 19 años. Estaba en la Universidad, en Nueva York. Llevaba una vida bastante equilibrada. Tan sólo era una adolescente urbana, normal y feliz. Era un poco ingenua para mi edad debido a mi educación. Realizaba muchas actividades culturales y hacía muchos viajes. Mi familia era austro-húngara de clase media alta no particularmente religiosa pero muy moral. Pertenezco a la primera generación que se educó como americana dentro de sus posibilidades dadas las circunstancias.

Era una fría noche de invierno y estaba entrando en calor en una fiesta de unos amigos en un apartamento del barrio Este alto. Era relativamente tarde y estábamos a unos 5º C bajo cero con un viento glacial. Se me había pasado la hora sin darme cuenta y ahora buscaba la mejor manera de volver, con el mínimo gasto posible, a mi apartamento del centro de la ciudad pues era una universitaria con pocos recursos económicos. Quería, en la medida de lo posible, salir adelante sola sin la ayuda financiera de mi familia. Era demasiado tarde para coger un transporte público y tomar un taxi era muy caro. El novio de una amiga tenía un Volswagen “escarabajo”. Ella vivía a unos 4 ó 5 bloques de mí y me preguntó si quería ir con ellos en coche hasta el centro de la ciudad. Dije: ¡Sí!

Cuando nos preparamos para partir, me di cuenta de que íbamos a ser 7 en aquel pequeño coche. Mi mentalidad de adolescente lo aceptó. Era un trayecto relativamente corto. Había tres personas sentadas en el asiento de atrás y una chica tumbada transversalmente encima de las tres. Yo estaba sentada delante, encimando la palanca de la caja de cambios, entre el conductor y mi amiga. El conductor decidió tomar la 11ª Avenida hacia el centro de la ciudad. La 11ª Avenida está estructurada de manera parecida a la Avenida del Parque (Park Avenue): una avenida de dos sentidos con una separación central que atraviesa la Cocina del Infierno (Hell’s Kitchen). Todo parecía normal; el conductor iba a 30 kilómetros por hora, para coger a todos los semáforos en verde, a lo largo de la avenida.

La Experiencia

La última placa callejera que recuerdo haber visto era la de la Calle 52 ó 53. Justo cuando nos aproximábamos a la siguiente encrucijada, pude ver un gran coche negro llegar a alta velocidad en dirección a la 11ª Avenida sin duda proveniente de la Calle 51. Me fijé en que circulaba en dirección prohibida por esta calle de sentido único. Volví la cabeza para advertir al conductor de la situación y vi su mirada de puro terror. Aún hoy, puedo ver su cara cuando cierro los ojos. Él ya sabía que no podía evitar al rápido coche. Yo sabía que íbamos a tener un accidente y me volví para verlo venir. No había manera de ponerme más al resguardo ni tampoco tiempo. Oí el impacto, el sonido de metal crujiendo y un breve sonido de cristales rotos y entonces todo se desvaneció.

La nada es difícil de describir. Ningún estímulo sensorial. No sé describirlo de otra manera más que como negro o nada. Era parecido a estar bajo anestesia general pero me “fui” instantáneamente no paulatinamente. Era como pintura negra vertiéndose muy rápido sobre el cristal de una ventana. No había ninguna sensación temporal ni sensación de relación espacial con algo o alguien. No tenía la capacidad de pensar ni de razonar. Era simplemente…nada. Yo no era yo; nadie o ningún sitio eran algo. Es difícil de explicar.

No sé cuánto duró esta sensación. No había ninguna relación con el tiempo. Entonces comenzó a pasarme algo. Sentí como si fuera sumergida bajo lo que llamaré “agua negra y pesada” y sentí como si me asfixiara y el aliento se me comprimiese dentro del pecho y no podía inspirar.

De algún modo, sabía que esto tenía que ver con la muerte. El “agua negra pesada” no era realmente negra. Era un color que no existe. Era oscuro y extraño. Nunca vi ese color antes o después de la experiencia.

En aquel punto yo era capaz de razonar y sentí una gran sensación de pánico invadirme. De alguna manera, instintivamente supe que si no comenzaba rápidamente a “nadar hacia arriba” y sacaba mi cabeza fuera de este “agua negra y pesada” seguramente me ahogaría en ella y me quedaría así para siempre. Tenía la sensación de estar muy hondo bajo esta sustancia parecida al agua o lo que fuera. Estaba aterrorizada por la idea de permanecer para siempre en este estado o lugar si no intentaba salir de ahí. De este modo, comencé a usar toda mi mente y mi energía para “nadar” hacia lo alto en dirección al aire tan rápido como fuese posible. Era una lucha muy agotadora; tuve la impresión de nadar durante mucho tiempo y de no llegar a ningún sitio. En ningún momento tuve el sentimiento de estar ganando este combate hacia la libertad. No me rendí y seguí nadando yendo instintivamente hacia lo que pensé era la dirección “arriba”. Nunca pensé que la dirección era incorrecta, o pensé una sola vez en ello, en absoluto. No sé cómo supe que era el camino correcto.

Entonces, de repente, pude oír voces hablando alrededor de mí. Fue como si alguien hubiese encendido mi audición. No tenía ningún otro sentido. Sólo podía oír voces. Nada de visión, no podía sentir el tacto, la temperatura o el dolor. Recuerdo claramente lo que estas voces decían. Recuerdo por ejemplo: “¿está libre por aquel lado? ¡¡Apresúrese esto va a explotar; sacadla AHORA!!! Esto quema de mala manera.”. Mucho pánico, la voz de mi amiga que gritaba, pero de manera incomprensible, y lo que parecía ser muchos hombres gritándose órdenes el uno al otro. Un horrible pandemonium. Era mejor que nada. Sentí algún alivio pero podía ver el agua negra bajo mis pies, como si hubiese sido levantada en el aire, y escuchaba la marabunta que se volvió muy débil como un fondo musical. Por alguna razón, podía ver mis pies desnudos balanceándose debajo de mí en medio del aire lejos por encima del agua. Podía ver el bajo de un blanco vestido de noche justo por encima de mis pies. Tan sólo seguí mirándolo pero, fiándome de mi posición con respecto al agua negra, la parte terrorífica parecía haber pasado. Yo veía pero no con mis ojos. Otra experiencia que no puedo describir. Como un sueño pero no exactamente.

En este punto, las cosas parecieron saltar en el tiempo y el espacio. No estoy segura de lo que pasó pero oí a un hombre decir: “ella se cae…” y me “fui” otra vez.

Por segunda vez, fui empujada a la nada que había precedido al agua negra. Ya no podía “ver” ni oír nada. Por suerte, el agua no volvió. De nuevo, el elemento tiempo estaba ausente. No creo que me diera cuenta, hasta muy tarde, de que estaban hablando de mí. Encontraba interesante el escuchar. No tenía opinión ni sentimiento sobre lo que pasaba a mi alrededor.

Mi audición fue restablecida por segunda vez y pude oír lo que se decía. Sabía que había sido sacada del coche y que estaba en otro lugar. Podía oír a mi amiga. A partir de ese momento, me pareció que estaba próxima. Había muchas discusiones y numerosas preguntas sobre con quién deberían ponerse en contacto en “su” nombre.

Oí la voz de un hombre decir: “es mona, ¿Qué le pasa? ¿Ya está muerta?” La persona en cuestión parecía incoherente; no podía pues estar segura de lo qué decían ni de quién hablaban ni tampoco me preocupaba. Podía oír los sonidos en la ambulancia y la conversación médica y mi amiga gritar: “su madre es juez y va a demandar a todo el mundo.”. Fue ésta la frase que me aterrorizó y me di cuenta de que estaban hablando de mí. Intenté hablar / gritar, moverme…cualquier cosa para hacerles saber que podía oírles, que estaba allí. Lo único que podía hacer era escuchar. Empecé a temer ser enterrada viva y entonces volví otra vez a la nada.

La última cosa que recuerdo de aquella noche es haberme despertado en lo que me pareció ser una gran sala blanca. Había un enorme policía neoyorquino encima de mí repitiendo sin cesar:”has tenido una suerte p……., chica”. Vi a un chico guapo, de mi edad aproximadamente, y a una persona acostada en una mesa cerca de mí enfundada en una estrecha chaqueta. Después, ya no recuerdo nada hasta meses más tarde cuando me dijeron lo que me había pasado.

Efectivamente, tuvimos un accidente fui declarada muerta y reanimada. El esternón de mi amiga se rompió. Los demás pasajeros salieron sin serias heridas. Me dijeron que las heridas se minimizaron gracias a que íbamos tan apretujados los unos contra los otros. El hombre en el coche negro iba a 90 Km /h no frenó y enfiló el costado del coche en el que me encontraba. Fui parcialmente expulsada por el parabrisas del coche y quedé atascada a medio camino. Mi brazo partió el volante en dos y quedé totalmente envuelta en los restos destrozados.

El equipo de rescate tuvo dificultades para liberarme del coche. Éste había saltado la separación, patinado por el norte, atravesado las vías y golpeado un poste eléctrico. Había cables eléctricos soltando chispas alrededor del coche. Los coches perdían gasolina. Aquellas voces que oí eran de gente real que intentaban sacarme antes de que el coche explotara o se incendiara.

Fui liberada del coche y llevada a un bar vecino, frente al sitio del accidente, y acostada sobre una mesa esperando que llegase la ambulancia. Había allí un borracho que preguntó si estaba muerta. Fui transferida en ambulancia a un hospital. En la ambulancia tuve una parada cardiaca. Mi amiga gritaba refiriéndose a la demanda judicial y montó en la ambulancia conmigo.

Nadie recuerda al policía neoyorquino ni al hombre de la chaqueta estrecha. El chico guapo que vi era mi novio de entonces; no lo reconocí. Durante mucho tiempo ni siquiera supe quién era yo. Todavía no estoy segura de si estuvo presente allí en ese momento o más tarde. Yo sabía que estaba a salvo y viva.

Lo Que La Experiencia Significó Para Mí En Mi Vida

Difícil de contestar. Ha significado diferentes cosas en diferentes momentos de mi vida. Tenía 19 años; ahora tengo 38. Ignoro en qué medida mi experiencia en la vida ha podido cambiar mi punto de vista sobre aquella experiencia de entonces; es difícil de decir. Sé que, a los 19 años, pensaba que era inmortal; tras este incidente supe que nadie es inmortal como lo creen los jóvenes. He tenido numerosas fobias sobre todo a los vehículos en movimiento y cuando voy en vehículos no conducidos por mí como aeroplanos o autobuses.

Todavía tengo miedo a las alturas y a volar. Cuando estoy extenuada, tengo lo que yo llamo “la paranoia del coche”. En tanto que pasajera, todo vehículo llegando rápidamente por la derecha hacia mí me asusta mortalmente. En tanto que conductora, cuando estoy agotada reacciono desmesuradamente, y puedo ser peligrosa, por lo que nunca conduzco en esas condiciones.

Al principio, cuando tomé consciencia del alcance de la experiencia, creí que todo lo que me habían enseñado respecto a Dios era falso y que los científicos tenían razón. Se muere y no hay vida tras la muerte. Permanecí firmemente en esta posición durante muchos años y viví como si el tiempo fuera una preciosa utilidad. Quise experimentarlo todo y no perderme nada porque creía que eso era todo lo que tenemos. Soy mucho más cuidadosa sobre como voy por la vida.

Con la edad, quiero creer que hay vida después de la muerte y he explorado muchas grandes religiones buscando la respuesta. No tanto por mí como por mi hija. No quiero que ella no sea nada. ¡Ella es mucho más que eso! Me desconcierta que un espíritu tan resplandeciente y hermoso pueda estar aquí en un instante y al siguiente dejar de existir. Ésta es mi mayor inquietud. No quería tener hijos hasta haber respondido a esta cuestión pero en la vida ocurren cosas que escapan a nuestro control.

Una parte de mí sigue creyendo que únicamente formamos parte de un laboratorio químico fuera de control llamado Tierra. Vivimos y morimos. No quiero que eso sea verdad pero no tengo elección. Sólo me queda esperar y ver qué pasará cuando me vaya para siempre.